"El grado del éxito de un hombre lo determina el dominio que tenga sobre sí mismo, mientras que la profundidad de su fracaso lo determinará la forma en que se abandone..."
Leonardo Da Vinci

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martes, 13 de enero de 2015

ENFOQUE DE RIESGO – MODELO DE DESAFIO

El enfoque de riesgo y la resiliencia  están íntimamente relacionados. 

El primero permite identificar los factores considerados como potencialmente dañinos para una persona o una población, sobre los cuales es necesario intervenir para evitar que afecten a los individuos sanos o que agraven una situación problemática ya existente. 

La segunda permite ayudar a esos individuos y a los grupos a identificar los recursos, las fortalezas, las habilidades y las posibilidades que ellos poseen, y usarlas para conseguir su desarrollo, lograr sus metas y superar sus dificultades. 

A este enfoque, el de la resiliencia, se lo ha denominado modelo de desafío, y consiste en reconocer que los seres humanos no estamos totalmente desprotegidos y vulnerables ante la fuerza de un evento que puede implicar daño o riesgo de daño; todos poseemos una especie de escudo protector que es la resiliencia, lo que evitará que esas fuerzas actúen inexorablemente  sobre nosotros atenuando los efectos desagradables o nocivos, logrando a veces transformarlos en factores de superación. La amenaza potencial se convierte en un reto o desafío para que el individuo crezca y salga fortalecido (Puerta de Klinkert, 2002).

Por ejemplo, un medio familiar y/o social problemático puede generar un riesgo de daño más o menos severo en un niño, que hasta puede convertirse  en una patología claramente identificable. Pero al encontrarse con su capacidad resiliente se puede convertir en un desafío que hace posible rebotar la influencia dañina y, en lugar de sucumbir a la adversidad, el niño llega a convertirse en un adulto sano, feliz y productivo, con una capacidad de resiliencia que se renueva y crece con cada experiencia. En ese proceso de rebote se basa el modelo de desafío. Este modelo modifica considerablemente la actitud mental y la forma de ver y pensar con respecto a los niños y adolescentes que asumen los padres, maestros, y profesionales que trabajan en la promoción  de pautas sanas de convivencia y en la prevención de la disfunciones familiares y sociales, porque centra su atención en identificar los llamados factores protectores, que son los recursos con que cuentan esos niños y adolescentes.

¿Cómo se desarrolla, entonces, la capacidad resiliente?

-        Estableciendo vínculos saludables y de cuidado dentro de la familia. El profesional debe ayudar a las familias a activar la resiliencia entre sus miembros, especialmente en los niños durante el proceso de crianza, ayudarlas a reconocer y fortalecer los vínculos afectivos que los unen, la confianza básica en sí mismos y entre ellos y a encontrar los recursos internos que poseen. ¿Cómo se logra este proceso? Mediante una revisión minuciosa de su historia de vida, rastreando aquellas actitudes y comportamientos que consideran como exitosos, y que contribuyeron a lograr ese éxito y motivándolos a usarlos con mayor frecuencia.

En la etapa de la adolescencia también es importante estimular la capacidad resiliente. Las transformaciones biológicas de la pubertad, los cambios que acompañan el despertar de la sexualidad, las relaciones cambiantes con la familia y los pares, la habilidad creciente de los jóvenes para pensar en forma abstracta, para considerar diferentes dimensiones de los problemas y para reflexionar sobre sí mismos y los demás representan un momento crítico del desarrollo humano. La superación saludable de esta etapa depende en gran medida de las oportunidades que el medio ofrezca. El adolescente tiene que construir conscientemente su propia resiliencia, potenciar las posibilidades y recursos existentes para encaminar las alternativas de resolución de las diferentes situaciones, no sólo elaborar respuestas extraordinarias para aconteceres extraordinarios, sino respuestas resilientes para superar situaciones adversas en su devenir cotidiano. La promoción de las propias capacidades y el desarrollo de nuevas fortalezas es la clave para la promoción de la resiliencia. Es fundamental, por lo tanto, la introspección individual y la interacción con los pares y adultos.

Otro grupo etario que debe ser considerado para trabajar desde el enfoque de la resiliencia, son los adultos mayores. Las sucesivas pérdidas que el paso del tiempo supone en todos los órdenes implican para el ser humano un desafío: aprender a compensar las pérdidas con ganancias, valorando y reforzando lo que no necesariamente se pierde: la dimensión imaginario-simbólica en la cual se asienta el acceso a la sabiduría en la vejez. A esta edad se pone en juego la importancia de contar con otro significativo, tanto sea un nuevo compañero, un cuidador o una mascota, a través de los cuales poder sentirse reconocido o necesitado por algo o alguien que otorgará sentido al levantarse cada día y organizar la rutina diaria.

La familia sigue siendo la institución social primaria de ayuda para las personas de edad avanzada a pesar de su estructura y funciones cambiantes. La familia brinda a los viejos un auxilio de tipo material, emocional y social durante los tiempos normales y también en los de crisis. La incapacidad o impedimentos para llevar una vida independiente, hacen imperativo que la familia asuma un rol más activo en la provisión de cuidados y servicios a los ancianos y representa el factor principal para reducir la posibilidad de institucionalización de personas seriamente incapacitadas o enfermas.

En los últimos años la estructura familiar ha experimentado una serie de cambios socio-demográficos que podrían arriesgar la provisión de ayuda informal familiar a la persona de edad avanzada. Una serie de factores de diversa índole y la multiplicidad de funciones que desempeñan, conllevan a que los familiares que proveen el cuidado deban soportar un grado elevado de tensión.

Según lo expresa Sánchez Salgado (2005, en Guerrini, 2010), a pesar de la creencia común de que las personas ancianas en el mundo contemporáneo han sido abandonadas por su familia, las investigaciones a nivel mundial la desmienten. La familia continúa siendo la principal fuente de protección de los adultos de edad avanzada y a la que acuden generalmente en primera instancia.
Para  complementar el acompañamiento familiar y trabajar desde el enfoque de la resiliencia,  se propone la apertura de espacios de participación grupal, en los cuales los adultos mayores se encuentren con sus pares para realizar actividades significativas según el contexto barrial en el que funcione y que puedan transformarse en un medio para la formación de un grupo de pertenencia. El uso creativo del tiempo libre en el adulto mayor pretende asegurar las condiciones necesarias para fomentar el desarrollo y la búsqueda de su plenitud e incidir favorablemente en su calidad de vida.
Entre los pilares que sostienen la promoción de la resiliencia en adultos mayores encontramos el humor, la creatividad, el juego, el armado de redes, la autogestión, y el empoderamiento a través del protagonismo.

Las personas afectadas por algún tipo de discapacidad también pueden trabajar con el enfoque de resiliencia. En este caso se hace imprescindible el rol que juega la familia y/o cuidadores. Independientemente de la naturaleza de la discapacidad, la familia debe ayudar a la persona afectada para que aprenda abordarla. En el lenguaje de la resiliencia, una discapacidad es una adversidad que puede ser enfrentada y superada, tanto por la persona afectada como por la familia. Ello se logra brindando apoyo, construyendo fortalezas internas y adquiriendo destrezas para el desempeño interpersonal y la resolución de problemas.

-        Promoviendo la resiliencia y la autoestima desde los distintos espacios de la comunidad. Es fundamental trabajar con el enfoque de resiliencia en las escuelas donde los niños y jóvenes están varias horas al día; en los espacios organizados para la participación (clubes, iglesias, asociaciones vecinales, partidos políticos, centros de jubilados, etc.); en los centros de desarrollo comunitario, donde hay un equipo de profesionales de diferentes disciplinas que brindan una cobertura integral a las distintas problemáticas; en los espacios culturales que brindan los municipios; en las ONGs, etc. Todos estos espacios brindan el desarrollo de actividades colectivas y cooperativas que permiten aprendizajes sociales importantes.


-        Trabajando con una perspectiva familiar y social, y no sólo individual, que transmita las nociones de autoestima y resiliencia que hemos desarrollado ampliamente en este trabajo. Esto es posible a través de la activación de las redes sociales informales de apoyo o redes primarias que son las conformadas por los miembros de la familia conviviente, la familia extensa, amigos y vecinos.

lunes, 12 de enero de 2015

HABLEMOS SOBRE RESILIENCIA...








Cuando los japoneses reparan objetos rotos, enaltecen la zona dañada rellenando las grietas con oro. 
Ellos creen que cuando algo ha sufrido un daño y tiene una historia, se vuelve más hermoso. 
El arte tradicional japonés de la reparación de la cerámica rota con un adhesivo fuerte, rociado, luego, con polvo de oro, se llama Kintsugi. 
El resultado es que la cerámica no sólo queda reparada sino que es aún más fuerte que la original. En lugar de tratar de ocultar los defectos y grietas, estos se acentúan y celebran, ya que ahora se han convertido en la parte más fuerte de la pieza.
Kintsukuroi es el término japonés que designa al arte de reparar con laca de oro o plata, entendiendo que el objeto es más bello por haber estado roto.

Llevemos esta imagen al terreno de lo humano, al mundo del contacto con los seres que amamos y que, a veces, lastimamos o nos lastiman.
¡Cuán importante resulta el enmendar!
Cuánto, también, el entender que los vínculos lastimados y nuestro corazón maltrecho, pueden repararse con los hilos dorados del amor, y volverse más fuertes.
La idea es que cuando algo valioso se quiebra, una gran estrategia a seguir es no ocultar su fragilidad ni su imperfección, y repararlo con algo que haga las veces de oro: fortaleza, servicio, virtud...
La prueba de la imperfección y la fragilidad, pero también de la resiliencia —la capacidad de recuperarse— son dignas de llevarse en alto.

Etimológicamente, la palabra resiliencia se define como resistencia, el modo en que un cuerpo vuelve a su posición luego de sufrir una alteración o presión deformadora. Del latín resiliere significa “volver a entrar saltando” o “saltar hacia arriba”. 

Podemos definirla como la capacidad de los seres humanos de superar los efectos de una adversidad a la que están sometidos e, incluso, de salir fortalecidos de la situación (Aldo Melillo, 2004). Tiene que ver con los recursos y la capacidad humana que le permiten a las personas enfrentar, sobreponerse y salir fortalecido o transformado por las experiencias de adversidad (Grotberg, 1995 en Melillo, 2004),  es decir, la habilidad que desarrollan para surgir de la adversidad, adaptarse, recuperarse y acceder a una vida significativa y productiva.

La resiliencia es una combinación de factores que permiten a un niño y al ser humano en general afrontar y superar los problemas y adversidades de la vida y construir sobre ellos, es un modo de ver salidas posibles en situaciones que parecen no tenerlas, es ser creativo, es tener sentido del humor, es valorarse y valorar a los otros, tiene que ver con el modo de aprender de las experiencias y capitalizarlas, con el modo de establecer lazos profundos y saludables convivencias con las personas (Liliana Calvo, 2009).

La adopción del concepto de resiliencia dentro del contexto de las ciencias humanas, sucede casi al azar. Relata María Piedad Puerta de Klinkert (2002), que la doctora Emy Werner observó durante un tiempo el proceso de desarrollo de un grupo de niños hawaianos que habían nacido y crecido en medio de familias con diferentes problemas. Y descubrió que, algunos de ellos, en contra de lo que se esperaba, crecían convirtiéndose en adultos felices, bien adaptados y creativos. A este estudio le siguieron otros que confirmaron el hallazgo, lo cual dio lugar a nuevas investigaciones a fin de identificar los factores que favorecen la activación de la resiliencia. Esto trajo aparejado la adopción de un nuevo enfoque de los problemas, un enfoque que atienda y trabaje con las fortalezas, las posibilidades, las oportunidades, en lugar de hacerlo con las debilidades y las amenazas.

¿Cómo se desarrolla la capacidad resiliente?

-        Estableciendo vínculos saludables y de cuidado dentro de la familia.
-        Promoviendo la resiliencia y la autoestima desde los distintos espacios de la comunidad
-        Trabajando con una perspectiva familiar y social

Más adelante desarrollaremos estos puntos.

Los seres humanos tenemos la capacidad para devenir resilientes y poder enfrentar los eventos negativos y las situaciones de adversidad que nos afectan. Y en este proceso necesitamos del otro como punto de apoyo para la superación de esa adversidad. El secreto está en ayudar a las familias a fortalecerse, a reconocer sus fortalezas y confiar en ellas, y a adquirir mayor conciencia social para promover cambios que reduzcan la inequidad y el sufrimiento.

Hay una frase que llamó poderosamente mi atención y me sirvió de guía en momentos difíciles de mi vida. Es la siguiente: “el ser humano sabe hacer de los obstáculos nuevos caminos, porque a la vida le basta el espacio de una grieta para renacer”(Ernesto Sábato).


Y miren esta foto que tomé en el patio de mi casa!! Una flor nacida en una pequeña grieta.

La vida puede y debe encontrar grietas para renacer. Los seres humanos estamos equipados con las herramientas necesarias para enfrentar los eventos negativos de la vida cotidiana. Y en ese enfrentamiento nos hacemos más fuertes, más confiados en nuestras fortalezas, más sensibles a las adversidades de los otros, y adquirimos mayor conciencia social para promover cambios que reduzcan la inequidad y el sufrimiento.

Intervenir desde el enfoque de la resiliencia es posible, son muchas las disciplinas interesadas en hacerlo. Desde el Trabajo Social, y en especial desde la Socioterapia, se utiliza como herramienta para abordar los distintos sectores de la sociedad (salud, educación, economía etc.), y en especial para trabajar con familias en todas las etapas de su ciclo vital (infancia, adolescencia, adultos mayores, etc.) y con la diferentes problemáticas que puedan afectarla (violencia, discapacidad, embarazo adolescente, etc.), con el fin de fortalecer sus capacidades de superación mediante el uso de la creatividad.

Algunos factores favorecedores de resiliencia individual son la autoestima, la autoconfianza, los vínculos afectivos amigables, los lugares y personas que otorguen contención, una visión optimista de la vida, la posibilidad de desarrollar responsabilidad, la capacidad de tomar decisiones, lo que estimule o permita la realización de los objetivos de vida, la inserción social, etc. Si pensamos a la resiliencia como proceso dinámico entre factores de riesgo y recursos existentes en el individuo, en las familias y en los contextos micro y macro sociales, podremos interpretar la resiliencia como adaptación positiva a la adaptación activa y transformadora (Bersten, Cavilla de Carrara en Calvo, 2013), se podrán impulsar programas sociales que faciliten su desarrollo. Según estas autoras, se ha pasado de un modelo de riesgo basado en las necesidades y la enfermedad, a un modelo de prevención y promoción que busca activar  y desarrollar las potencialidades y los recursos de las personas y su entorno.

El enfoque de la resiliencia permite reconocer y potenciar aquellos recursos personales e interpersonales que protegen el desarrollo de las personas y su capacidad constructiva.

A menudo, los trabajadores sociales nos encontramos en nuestro quehacer cotidiano con personas o grupos que viven situaciones adversas, situaciones difíciles o imposibles de superar. Sin embargo, la realidad nos muestra que no todas las personas sometidas a situaciones de riesgo sufren padecimientos. Hay quienes las superan y aún más, salen fortalecidas de esas situaciones.

Graciela Sarquís y Liliana Zacañino (en Melillo, Suárez Ojeda y Rodriguez, 2004) determinan una serie de aspectos que consideran deben fomentarse para favorecer comunidades resilientes. A estos aspectos los denominan “pilares de la resiliencia” y son los siguientes: pilar de la capacidad de relacionarse, pilar de la autoestima y concepción positiva de uno mismo, y pilar del sentido del humor.


Es importante remarcar en este punto la noción de autoestima, que como vemos está íntimamente ligada a la resiliencia. Debe trabajarse, entonces, con el abordaje de ambos aspectos desde una perspectiva individual, familiar y social para que la promoción de la calidad de vida sea una labor colectiva y multidisciplinaria.

viernes, 9 de enero de 2015

LA FUNCION DE LA ESCUELA EN LA ACTIVACIÓN Y DESARROLLO DE LA AUTOESTIMA

Siendo niños hemos escuchado a menudo la expresión “la escuela es el segundo hogar”, o “las maestras son como las segundas mamás”. Si consideramos estas aseveraciones como ciertas, nos vemos en la obligación de otorgarle a la escuela la importancia que se merece, en especial en el rol que le compete como activadora de la autoestima en los niños.

La mayoría de los maestros desean aportar una contribución positiva a las mentes confiadas a su cuidado. Una de las maneras en que pueden contribuir es fomentando la autoestima del niño. Si en ocasiones causan un daño, no es intencionalmente. Saben que los niños que creen en sí mismos y se estimula su potencial, rinden mejor en la escuela que los niños sin esas ventajas.

¿Qué estrategias se despliegan en las escuelas para elevar la autoestima de los estudiantes? Muchas de ellas son un tanto absurdas, como elogiar al alumno por todo lo que hace, sin darle la suficiente importancia a los logros objetivos; entregar medallas de oro por las buenas notas, premiar la asistencia perfecta, o premiar el comportarse bien. Un alumno puede no tener un muy buen rendimiento en la escuela por diversas razones, y sí contar con una buena autoestima. 

Las notas son apenas un indicador de la eficacia personal y del respeto hacia sí mismo. Puede tener, en cambio, muy buenas notas porque es aplicado o porque se le exige que estudie o porque tiene facilidad para retener contenidos, pero no tener un nivel de autoestima elevado, no sentirse merecedor. Por lo tanto, los parámetros antes mencionados, que suele usar el sistema educativo, no son los ideales.

Dice Nathaniel Branden (2013) que durante muchos años, el objetivo del sistema de educación pública fue formar “buenos ciudadanos”, es decir, fomentar la memorización de un cuerpo de conocimientos y creencias comunes, aprender las normas de la sociedad y la obediencia a la autoridad, en lugar de estimular la autonomía y el pensamiento independiente.

Actualmente, hemos realizado la transición desde la sociedad de la manufactura a la sociedad de la información, y el trabajo con músculos se ha sustituido mayoritariamente con el trabajo mental. Lo que hoy se necesita son personas que puedan pensar, innovar, actuar con responsabilidad de sí mismas, que sean capaces de dirigirse a sí mismas, que puedan seguir siendo individuos mientras trabajan con eficacia como integrantes de equipos, que confían en sus facultades y en su capacidad de colaborar. Se necesitan personas con alta autoestima.

En la actualidad se pone más énfasis en la iniciativa y la responsabilidad de uno mismo  porque eso es lo que exige una economía competitiva y en constante cambio.

Por lo tanto, las metas de la educación no deben ser solamente pretender el dominio de un cuerpo de conocimientos, sino enseñar a los niños a pensar, a reconocer las falacias lógicas, a ser creativos y a aprender. 

La mayoría de los trabajos hoy en día, exigen un compromiso de aprendizaje de por vida, y las profesiones, una capacitación y actualización constantes. En consecuencia, el fomento de la autoestima debería integrarse en los programas escolares a fin de ayudar a los jóvenes a perseverar en sus estudios, y a contar con recursos personales para resolver o hacer frente al menos,  a las problemáticas que puedan presentárseles en su vida cotidiana, como ser el consumo de sustancias, de alcohol, embarazos no deseados, situaciones de violencia, etc. además, la educación debe prepararlos psicológicamente para un mundo en el que la mente es el principal activo capital de todos.


El maestro debe poseer los recursos necesarios para aumentar la autoestima del alumno. Existen procedimientos de enseñanza que fortalecen y desarrollan la autoestima y que los maestros deben practicar, a saber: respetar el trabajo y el esfuerzo que realizan los alumnos, estimularlos a emprender acciones y reconocerle sus éxitos, crearles ambientes de tranquilidad, seguridad y confianza, inculcarles la idea de que sí pueden y son capaces, ayudarlos a resolver problemas de aprendizaje, evaluarles el proceso de aprendizaje además de los resultados, enfatizar en sus actitudes y en sus conocimientos, ayudarlos a desarrollar habilidades para relacionarse con los demás. 


Desde el siguiente link podrán acceder a documentos interesantes sobre el tema:

www.vinculosenlaescuela.blogspot.com

http://www.vinculosenlaescuela.blogspot.com.ar/2014/11/nota-de-las-autoras.html


Que les sea útil.

Lic. María Eugenia Guerrini

lunes, 5 de enero de 2015

COMO CONTRIBUYE LA FAMILIA EN LA FORMACIÓN DE LA AUTOESTIMA DE UN NIÑO

La meta adecuada de la crianza de los padres consiste en preparar a un hijo para que sobreviva de forma independiente en la edad adulta. El bebé empieza en una situación de total dependencia; si su crianza tiene éxito, al crecer pasará de esa dependencia a ser un ser humano que se respeta a sí mismo y que es responsable de sí mismo, capaz de responder a los retos de la vida. Así, será autosuficiente desde el punto de vista económico, intelectual y psicológico. La tarea humana primaria consiste en llegar a ser nosotros mismos. La meta central del proceso de maduración es la evolución hacia la autonomía.

Los hijos no crecen en el vacío, crecen en un contexto social. El desarrollo de la individuación y la autonomía tienen lugar mediante la relación con otros seres humanos. En las primeras relaciones de la niñez, un hijo puede experimentar seguridad que hace posible la aparición del yo, o bien la inestabilidad que descompone el yo antes de que se forme por completo. Durante los primeros 5 o 6 años de vida, la autoestima del niño quedará conformada casi exclusivamente por su familia. En la edad escolar recibirá otras influencias, pero serán más fuertes las familiares. Los padres son los arquitectos de la familia.

En las relaciones posteriores, un hijo puede tener la experiencia de ser aceptado y respetado, o rechazado y postergado. Las fuerzas externas tienden a reforzar los sentimientos de valía o inutilidad que el niño aprendió en el hogar. Un niño puede experimentar el equilibrio adecuado entre protección y libertad, o la sobreprotección que lo infantiliza o la subprotección que le exige recursos que puede no tener aún.

Estas experiencias contribuyen al tipo de identidad y de autoestima que se forman con el tiempo.

Entre las variadas investigaciones que se han realizado sobre las causas de la formación de una sana autoestima, podemos mencionar el estudio realizado por Coopersmith. Su objetivo era identificar las conductas de los padres encontradas con más frecuencia cuando los niños crecían manifestando una autoestima sana. Coopersmith no halló correlaciones significativas con factores como la riqueza familiar, la educación, la zona geográfica, la clase social, la profesión del padre, o el hecho de que la madre siempre estuviera en la casa. Lo que halló fue la importancia de la calidad de la relación entre el hijo y los adultos importantes de su vida.

Encontró cinco condiciones asociadas a una alta estima en los niños:
1-     El niño experimenta una total aceptación de los pensamientos, sentimientos y el valor de su propia persona.
2-     El niño funciona en un contexto de límites definidos e impuestos con claridad que son justos, no opresores y negociables. No se le da una libertad ilimitada, por lo tanto experimenta una sensación de seguridad.
3-     El niño experimenta respeto hacia su dignidad como ser humano. Los padres toman en serio las necesidades y deseos del niño y no utilizan la violencia, la humillación o el ridículo para controlar y manipular. Las reglas se negocian e impera la autoridad, no el autoritarismo.
4-     Los padres tienen normas elevadas y altas expectativas por lo que respecta al comportamiento y al rendimiento, y las transmiten de forma respetuosa y no opresiva; se reta al niño a que sea lo mejor que pueda ser.

5-  Los propios padres tienden a tener un alto nivel de autoestima. Son modelos de eficacia personal y de respeto hacia uno mismo. El niño ve ejemplos vivos de lo que tiene que aprender.

Los padres pueden facilitar o dificultar el desarrollo de una sana autoestima en el niño. Branden (2013) habla de seis pilares de la autoestima que los padres deben fomentar en sus hijos: la conciencia, la aceptación de sí mismo, la responsabilidad de uno mismo, la autoafirmación, el vivir con propósito y la integridad personal. Un niño que crece en este contexto filosófico tiene una enorme ventaja de desarrollo. Y afirma: “independientemente de lo que pensemos que estamos enseñando, enseñamos lo que somos.”

Hay varios aspectos a tener en cuenta en la activación de la autoestima dentro de la familia.

La seguridad básica es el primer aspecto. Un niño tiene una total dependencia de sus padres o de los adultos que están a su cargo. Éstos deben satisfacer todas sus necesidades: fisiológicas, de cuidado, de afecto. El niño debe sentirse protegido y seguro. Así va a desarrollar un sentimiento de identidad fuerte y sano, es decir, la seguridad física y psíquica que le permitirá confiar en sí mismo, en los demás y en la vida.

Otro aspecto es la crianza mediante el tacto. Éste es esencial para el desarrollo sano de un niño. Es una forma muy poderosa de transmitir cariño. Si falta el tacto, un niño puede morir aún cuando tenga satisfechas todas sus demás necesidades. Mediante el tacto se envía una estimulación sensorial que ayuda al niño a desarrollar su cerebro; se expresa amor, cariño, confort, apoyo, protección; se establece contacto entre un ser humano y otro. Mucho antes de que un niño pueda comprender las palabras, comprende el tacto.

Un tercer aspecto es el amor. Un niño tratado con amor tiende a interiorizar este sentimiento y a experimentarse a sí mismo como alguien digno de cariño. El amor se manifiesta por la expresión verbal, por las acciones de cuidado y por el gozo y placer que mostramos por la sola existencia del niño. Un padre efectivo puede enseñar sin recurrir al rechazo, puede manifestar su enojo hacia la conducta del niño, pero sin retirar su amor. El amor no debe estar supeditado al rendimiento del niño ni al cumplimiento de las expectativas de los padres, ni debe retirarse para manipular la obediencia y la conformidad.

Otro aspecto a tener en cuenta para activar una sana autoestima dentro de la familia es la aceptación. La aceptación de las diferencias para permitir que crezca la autoestima. Un niño cuyos pensamientos y sentimientos son tratados con aceptación tiende a interiorizar la respuesta y a aprender a aceptarse a sí mismo. Si se le dice al niño que no debe sentir tal o cual sentimiento o emoción para agradar a sus padres, se lo invita a negar esos sentimientos y emociones, negándose a sí mismo para evitar el abandono o la no aprobación de sus padres.

El respeto es otro aspecto. Un niño que recibe respeto de los adultos tiende a aprender a respetarse a sí mismo. Si un niño crece en un hogar en el que todos se relacionan con los demás con una cortesía natural y cordial, aprende principios que valen tanto para sí mismo como para los demás. Aprende a respetarse a sí mismo y a los demás.

La validación es también sumamente importante en las relaciones familiares. La validación que recibimos de las personas que han desarrollado roles de autoridad puede marcarnos positiva o negativamente. El mensaje más fuerte que necesitan recibir los niños es que sus padres están con ellos, que los aman. Los adolescentes, en cambio,  necesitan amor pero también confianza, necesitan escuchar de sus padres: yo creo en ti. El adolescente comienza a cuestionar las afirmaciones de los adultos y quiere comenzar a "probar" si es cierto. Necesita de esa prueba y error que luego acompaña a los hombres y mujeres durante toda la vida. El mensaje que den los padres cuando sus hijos comienzan a tomar sus propias decisiones y a equivocarse es vital, puede habilitarlos o deshabilitarlos. Ese mensaje estará relacionado directamente con el sentimiento que se  experimente frente a un fracaso o error en la vida adulta. Cuando validamos predisponemos al otro en forma positiva.

Validar es una decisión que mantiene la salud emocional. Los resultados y las respuestas que los niños obtengan dependerán en gran medida de la confianza que haya sido depositada en ellos. Cuanto más grande sea la confianza que los padres, los maestros y los adultos representativos tengan sobre los niños, mayores serán los logros que esos niños alcancen en sus vidas. Los niños necesitan que alguien los valide, les transmita estímulo, valor, coraje. La confianza en uno mismo se forma al oír y recibir palabras de aliento, de sabiduría, de afirmación, de estima, de validación.

Un aspecto más es la visibilidad. Sentirse visible es sentir que el otro comprende lo que digo y su respuesta es congruente con ello en términos de mi propia conducta. Sentirse invisible es sentir que el otro responde a lo que digo o hago de una forma que carece de sentido para mí en términos de mi propia conducta. Sentirse visible es sentir que la otra persona y yo estamos en la misma realidad. Sentirse invisible es sentir que la otra persona y yo estamos en realidades diferentes. Todas las interacciones humanas satisfactorias requieren congruencia a este nivel.

El niño tiene un deseo natural de ser visto, oído y comprendido y de que se le responda adecuadamente. Para una persona en formación esta es una necesidad urgente. Por eso el niño se fija en la respuesta de sus padres tras haber hecho algo. Tanto los elogios exagerados como los castigos o censuras por actitudes o acciones que para el niño representan un valor, forman parte de la invisibilidad. Hacemos visible al niño cuando manifestamos cariño, estima, empatía, aceptación y respeto. Hacemos invisible al niño cuando transmitimos indiferencia, desdén, condena y ridículo.

Otro aspecto que permite la activación de la autoestima en el seno familiar, es la crianza adecuada a la edad, adecuada al nivel de desarrollo del niño. Si un padre desea apoyar la independencia del hijo, deberá ofrecerle elecciones adecuadas con su nivel de desarrollo.

Un aspecto más son el elogio y la crítica. Un elogio inadecuado puede ser tan perjudicial para la autoestima como una crítica inadecuada. Haim Ginott (citado en Branden, 2013) distingue entre elogio evaluativo y elogio apreciativo, y considera que éste último es el más productivo tanto para activar la autoestima como para reforzar la conducta deseada.

Si nos limitamos a apreciar las acciones y logros del niño dejamos que sea él mismo quien las evalúe. Cuanto más específicamente está enfocado nuestro elogio, más sentido tiene para el niño. Un elogio excesivo abruma al niño y le provoca ansiedad porque el niño sabe que no concuerda con su percepción de sí mismo. Para fomentar la autoestima, hay que dejar siempre espacio para que el niño haga sus propias evaluaciones, después de haber descrito su conducta. Hay que liberar al niño de la presión de nuestros propios juicios y ayudarlo a crear un contexto en el que pueda pensar de forma independiente.

Manejo de errores. La forma en que los padres responden cuando los hijos comenten errores puede ser adversa para la autoestima. Cometer errores es parte esencial de todo proceso de aprendizaje. Si se castiga, humilla, ridiculiza a un niño por cometer un error, se sabotea su proceso natural de crecimiento. Si un niño no se siente aceptado por sus padres si comete un error, aprende a rechazar la aceptación de sí mismo en respuesta a los errores. Hay que estimular la búsqueda de respuestas en lugar de proporcionar respuestas.

La necesidad de una estructura familiar adecuada es fundamental para darle un marco de seguridad y crecimiento a los niños. El término “estructura” se refiere a las reglas, implícitas o explícitas, que funcionan en una familia, reglas que expresan lo que es o no es aceptable y permisible, lo que se espera, las diferentes formas de conducta, los valores que se tienen y las decisiones que se toman. La terapia estructural define a la estructura familiar como la organización de las relaciones, los patrones y las reglas que rigen la vida grupal. Se construye en la repetición de las pautas transaccionales que operan a lo largo de su evolución (Quintero Velásquez, 1997). Dicha estructura de relaciones es mantenida y manifestada a través de los procesos del sistema familiar, a saber: comunicación, roles y normas o reglas. Una buena estructura es aquella que es flexible y abierta, respeta las necesidades, la individualidad y la inteligencia de cada miembro de la familia, valora la comunicación abierta, los padres apelan a la confianza en lugar del temor. Estimulan la expresión de uno mismo. Mantienen la individualidad y la autonomía. Sus normas inspiran en lugar de intimar.

Los niños necesitan límites, necesitan sentirse protegidos y seguros. Los padres permisivos crean hijos ansiosos. Cuando se ofrecen valores y normas racionales a los niños, se fomenta su autoestima.

De acuerdo a todo lo expuesto, se deduce entonces, la importancia de trabajar con las familias en el desarrollo de la autoestima individual y familiar. Esto dará lugar a una mayor comprensión entre individuos, al cuidado personal y de los demás, y darán a nuestros hijos fundamentos firmes a partir de los cuales puedan desarrollar su fortaleza e integración.

Lic. Maria Eugenia Guerrini

jueves, 1 de enero de 2015

HABLEMOS SOBRE AUTOESTIMA

Virginia Satir, que de niña decía que cuando fuera grande sería “detective de niños para investigar padres”, a través de su práctica profesional llegó a la conclusión de que la familia es un microcosmos del mundo, y para entender al mundo podemos estudiar a la familia: poder, intimidad, autonomía, confianza, habilidad para la comunicación, aspectos vitales que fundamentan nuestra forma de vivir en el mundo. Así, para cambiar al mundo tenemos que cambiar a la familia.


También pudo visualizar que la vida familiar es como un témpano de hielo. La mayoría sólo percibe la décima parte de lo que sucede. Algunos sospechan que ocurre algo más, pero no saben qué es ni cómo averiguarlo. Por eso es muy importante trabajar con las familias en el desarrollo de la autoestima individual y familiar. Esto dará lugar a una mayor comprensión entre individuos, al cuidado personal y de los demás, y darán a nuestros hijos fundamentos firmes a partir de los cuales puedan desarrollar su fortaleza e integración.

Es sabido, y cada vez se está tomando más conciencia de ello, que así como un ser humano no puede realizar su potencial sin una sana autoestima, tampoco puede hacerlo una familia ni una sociedad cuyos miembros no se respetan a sí mismos, no valoran su persona ni confían en su mente.

La autoestima es una necesidad humana fundamental. Su efecto no requiere ni nuestra comprensión ni nuestro consentimiento. Funciona a su manera en nuestro interior con o sin nuestro conocimiento.

Mucho se dice sobre autoestima, y son muchos los conceptos que circulan. Me parece oportuno hacer referencia en primer lugar al origen etimológico de la palabra estima: ésta deriva del latín aestimare, que significa valorar, apreciar, reconocer el mérito.

La autoestima es la evaluación que efectúa y generalmente mantiene el individuo con respecto a sí mismo. Expresa una actitud de aprobación o desaprobación e indica en qué medida el individuo se cree capaz, importante, digno y con éxito. Pero es aún más que ese sentido innato de nuestra valía personal.

Nathaniel Branden en su libro Los seis pilares de la autoestima, (2013, 1ª. edición en Argentina) define a la autoestima como la confianza en nuestra capacidad de pensar, en nuestra capacidad de enfrentarnos a los desafíos básicos de la vida; la confianza en nuestro derecho a triunfar y a ser felices; el sentimiento de ser respetables, de ser dignos, de tener derecho a afirmar nuestras necesidades y carencias, a alcanzar nuestros principios morales y a gozar del fruto de nuestros esfuerzos.

Stanley Coopersmith (1969) considera a la autoestima como la parte evaluativa y valorativa de nosotros mismos, constituida por el conjunto de creencias y actitudes de una persona sobre sí mismo. En 1981, Coopersmith corrobora sus definiciones afirmando que la autoestima es como la evaluación que una persona realiza y mantiene comúnmente sobre sí mismo, se expresa a través de sus actitudes de aprobación y desaprobación, indicando el grado en que cada persona se considere capaz, significativa, competente y exitosa. Añade además que no está sujeta a cambios transitorios, sino más bien es estable al tiempo aceptando que en determinados momentos se dan ciertos cambios, expresado en las actitudes que toma sobre sí mismo.

Esta valoración se puede dar en distintos ámbitos (ámbito social, familiar y escolar) y depende del mundo empírico del individuo.

La esencia de la autoestima es confiar en la propia mente y saber que somos merecedores de la felicidad. Es una fuerza motivadora, inspira un tipo de comportamiento e influye directamente en nuestros actos. Hay una retroalimentación permanente entre nuestras acciones mundanas y nuestra autoestima. El nivel de nuestra autoestima influye en nuestra forma de actuar y nuestra forma de actuar influye en el nivel de nuestra autoestima.

Con una autoestima alta será más probable que me esfuerce ante las dificultades. Con una autoestima baja lo más probable es que renuncie a enfrentarme a las dificultades. Si me respeto y exijo a los demás que me traten con respeto, me mostraré y comportaré de manera que aumente la probabilidad de que los demás respondan de forma apropiada. Cuando lo hagan, mi creencia inicial saldrá reforzada y confirmada. Si no me respeto a mí mismo y acepto la falta de respeto o el abuso transmitiré inconscientemente este trato y algunas personas me tratarán de la misma forma.

El valor de la autoestima radica en que nos permite vivir mejor, responder a los desafíos y a las oportunidades con mayor ingenio y de forma apropiada, y afirmar nuestras capacidades y habilidades, y entender nuestras limitaciones. El no aceptarse a sí mismo, el no valorarse, el no amarse y no respetarse, el vivir criticándose da origen a varios de los conflictos en los seres humanos: dificultades en el trabajo, no poder concretar relaciones afectivas saludables, enfermedades, etc. Cuando los padres no se valoran, es difícil que valoren a sus hijos y que puedan transmitirles el autocuidado.

Una persona con alta autoestima se valora, es honesta, es responsable, es compasiva e íntegra, logra dar y recibir amor, se tiene confianza, valora a los demás y los respeta, y ante una crisis siente que puede superarla y confía en sí misma para salir adelante.

Una persona con baja autoestima piensa que vale poco, desconfía de los demás, cree que puede ser maltratada o menospreciada, teme, se aísla, no se arriesga, se desespera ante una situación que no se resuelve como ella necesita.

El nivel de la autoestima tiene profundas consecuencias en cada aspecto de nuestra existencia, impacta en todos los órdenes de nuestra vida: determina la persona que elegimos como pareja, la carrera que estudiamos, el trabajo que conseguimos, los amigos que frecuentamos, los proyectos que emprendemos; determina  la forma de actuar en nuestro trabajo, nuestro trato con la gente, la forma de relacionarnos con la pareja, con los hijos, con los amigos, y en el nivel de felicidad que alcancemos.

Un buen desarrollo del sentido de valía personal y de autonomía se correlaciona significativamente con la amabilidad, la generosidad, la cooperación social y con un espíritu de ayuda mutua. El comportamiento de una persona es directamente proporcional al concepto que tiene de sí misma.

La integridad, sinceridad, responsabilidad, compasión, el amor y la competencia, todo surge con facilidad en aquellos que tienen una elevada autoestima. Tienen la sensación de que son importantes, de que el mundo es un buen lugar, pueden pedir ayuda a los demás y a su vez confiar en sus propias capacidades.

La autoestima es una necesidad, es decir, la necesitamos para funcionar eficazmente. Es una necesidad porque nos proporciona una contribución esencial para el proceso vital, es indispensable para un desarrollo normal y saludable y tiene valor para la supervivencia. Podemos decir también que es una necesidad urgente, ya que su ausencia altera la capacidad para funcionar, por eso decimos que tiene valor de supervivencia. Como lo expresa Maslow, en su jerarquía de las necesidades humanas, donde ubica a la necesidad de autoestima en segundo lugar.

Una autoestima positiva es, según Branden (2013), como el sistema inmunitario de la conciencia, que proporciona resistencia, fuerza y capacidad para la regeneración. Por lo tanto, ante situaciones de adversidad estaremos mejor preparados para sobreponernos teniendo una alta autoestima.

En la intervención socioterapéutica se puede trabajar con la autoestima del consultante. El tratamiento se dirige a dos aspectos o componentes de la autoestima: 

-        La eficacia personal
-        El respeto a uno mismo

La eficacia personal es la sensación de confianza frente a los desafíos de la vida. Significa confianza en el funcionamiento de mi mente, en mi capacidad para pensar y entender, para aprender, elegir y tomar decisiones; confianza en mi capacidad para entender los hechos de la realidad que entran en el ámbito de mis intereses y necesidades; en creer en mí mismo; en la confianza en mí mismo.

El respeto a uno mismo es la sensación de considerarse merecedor de la felicidad. Es reafirmarme en mi valía personal, en mis pensamientos, mis deseos y mis necesidades.

La eficacia personal y el respeto a uno mismo son un pilar doble de una autoestima saludable; si falta uno de ellos, la autoestima se deteriora. 

Podemos decir, entonces, que la autoestima es la disposición a considerarse competente para hacer frente a los desafíos básicos de la vida y sentirse merecedor de la felicidad.